Una de las ideas que más aparecen actualmente cuando hablamos de scouting es la búsqueda de jugadores infravalorados. En teoría parece sencillo: detectar futbolistas que el mercado todavía no ha valorado correctamente y llegar antes que los demás. En la práctica es bastante más complejo, porque un jugador infravalorado no es necesariamente desconocido, joven, accesible o perteneciente a una competición poco observada. Para mí, la pregunta importante es si el valor que ese futbolista puede generar dentro de nuestro proyecto es superior a la valoración que actualmente existe sobre él.
Esto obliga a analizar al jugador dentro de un contexto determinado. Puede tener un rendimiento estadístico muy alto y recibir una valoración positiva desde la observación, pero eso no significa automáticamente que tenga la jerarquía necesaria para un determinado nivel ni que su rendimiento vaya a trasladarse a nuestro equipo. En mi forma de trabajar intento separar esas dimensiones: qué muestran los datos, qué observo en el partido, qué nivel competitivo ha demostrado y qué puedo proyectar hacia adelante. Parece una distinción bastante obvia, pero cuando estamos siguiendo muchos jugadores y necesitamos reducir una lista, es fácil terminar mezclando todo y proyectando algo que el jugador todavía no ha demostrado.
Para mí el scouting empieza incluso antes de escribir nombres. Decir que necesitamos un mediocampista, un central o un extremo sigue siendo demasiado amplio. Si buscamos un mediocampista necesito entender dónde queremos que reciba, qué responsabilidad tendrá durante la construcción, si necesitamos progresión mediante pase o conducción, cuánto deberá intervenir defensivamente y qué situaciones encontrará normalmente dentro de nuestro modelo de juego. Dos jugadores que aparecen en una plataforma bajo la misma posición pueden resolver problemas completamente diferentes. Si el perfil no está suficientemente definido, empezamos a encontrar buenos futbolistas y después intentamos buscarles un lugar en el equipo.
Los datos son muy útiles en esta primera parte porque permiten ampliar enormemente el universo de búsqueda. Podemos revisar cientos o miles de jugadores, establecer filtros según el perfil que buscamos e identificar rendimientos que probablemente pasarían desapercibidos mediante una búsqueda tradicional. Yo intento utilizar ese resultado como un punto de partida. De hecho, cuando un jugador aparece muy arriba en un modelo, más que entregarme una respuesta normalmente me genera nuevas preguntas.
Si encuentro un mediocampista con una producción elevada de pases progresivos, por ejemplo, necesito saber desde qué zonas los realiza, cuánto participa su equipo con balón, qué presión recibe, qué dificultad tienen esos pases y qué ocurre cuando el rival elimina su primera opción. Dos jugadores pueden presentar números similares y estar resolviendo situaciones completamente diferentes. Es algo que me pasa bastante cuando comienzo a observar un jugador después de haber revisado sus datos: algunas veces el partido confirma rápidamente lo que esperaba encontrar y otras veces me obliga a interpretar esos números de una manera diferente.
Ahí aparece una de las bases de mi forma de trabajar: primero el partido, después el dato. Y esto puede parecer contradictorio si previamente utilicé los datos para encontrar al jugador. Para mí no lo es. Los datos perfectamente pueden llevarme hacia un nombre que no tenía considerado, pero después necesito regresar al partido para entender qué hay detrás de ese rendimiento. Una cifra alta puede estar explicada por una característica propia del futbolista, por el contexto colectivo o, como ocurre muchas veces, por una combinación de ambas.
Uno de los temas que más me interesa en este punto es la transferibilidad. Un jugador puede estar rindiendo realmente bien y, aun así, no tener las mismas posibilidades de hacerlo en otro contexto. Un extremo de un equipo dominante probablemente recibe muchas veces en campo rival, enfrenta determinados tipos de defensores y dispone de numerosos apoyos. Otro puede jugar en un equipo que pasa largos periodos sin balón y recibir pocas veces, normalmente desde posiciones más alejadas. Compararlos únicamente desde la producción final puede esconder diferencias importantes.
Con las competiciones me pasa algo parecido. No todas las características se transfieren de la misma manera y por eso me cuesta utilizar equivalencias demasiado rígidas entre ligas. Pueden servir como referencia, pero no mucho más que eso. Una ventaja construida principalmente desde la superioridad física puede reducirse cuando aumenta el nivel de los rivales. Otras capacidades relacionadas con la lectura del juego, la orientación corporal o la velocidad para tomar decisiones podrían sostenerse mejor. Lo que intento entender es qué hace bueno al jugador en su contexto actual y cuánto de eso creo que puede seguir haciendo cuando cambie el escenario.
Pensemos, por ejemplo, en un delantero que destaca atacando espacios dentro de un equipo que encuentra muchas situaciones de transición. Después llega a un club que controla los partidos y enfrenta habitualmente bloques más bajos. Tendrá mejores compañeros y probablemente su equipo generará más situaciones ofensivas, pero puede haber perdido precisamente el contexto donde construía gran parte de su ventaja. Si posteriormente rinde menos, quizás el análisis de su rendimiento anterior era correcto. El problema pudo estar en cómo proyectamos ese rendimiento hacia un contexto diferente.
Con las muestras también intento ser cuidadoso. Un gran partido permite evaluar ese partido. Una serie de actuaciones empieza a mostrar tendencias, pero todavía necesitamos comprobar regularidad, nivel de los rivales y respuesta ante escenarios diferentes. Hay jugadores sobre los que puedo formar una opinión bastante rápido y otros que me generan dudas durante mucho más tiempo. No veo ningún problema en eso. Prefiero seguir observando antes que forzar una clasificación solamente porque necesitamos tener una respuesta.
Con los jóvenes esto es todavía más importante. La edad abre posibilidades de desarrollo, pero no debería convertirse automáticamente en una señal de alto potencial. Un futbolista joven puede destacar porque está físicamente adelantado respecto de su categoría, porque su contexto actual potencia determinadas características o simplemente porque atraviesa un muy buen momento. Intento no convertir demasiado rápido rendimiento actual en potencial futuro. Para proyectar necesito más evidencia y, sobre todo, intentar identificar qué características podrían sostenerse cuando aumente la dificultad competitiva.
Hay además características que pueden recibir menos atención porque tienen menor visibilidad. Los goles, las asistencias, la velocidad o una acción espectacular llaman rápidamente la atención. Otras cuestiones necesitan bastante más observación: cómo escanea antes de recibir, cómo utiliza su cuerpo, qué decisiones toma bajo presión, cómo interpreta los espacios, cómo se relaciona con sus compañeros o qué hace cuando la pelota está lejos. Algunas de estas cosas pueden empezar a medirse con nuevas herramientas. Otras todavía necesitan partido y contexto.
Por eso tampoco me interesa utilizar el video simplemente para confirmar lo que previamente vi en los datos. Si un modelo me muestra que un jugador progresa bien con balón, no quiero buscar veinte acciones que confirmen que efectivamente progresa bien. Quiero entender cómo lo consigue, qué alternativas reconoce, cuánto tiempo necesita para decidir, qué ocurre cuando el rival modifica la presión y cuánto depende de la estructura que tiene alrededor. Incluso puede ocurrir que después de observar varios partidos mi valoración sea bastante menos positiva que la primera impresión que entregaban los números. Para eso también sirve el proceso.
Otra cosa que intento hacer es mantener varias alternativas durante la búsqueda. Cuando un club se convence demasiado rápido de un jugador empieza a existir el riesgo de reinterpretar la información posterior para justificar esa elección. Las fortalezas adquieren más peso, las dudas se relativizan y progresivamente dejamos de comparar. Una shortlist no sirve solamente para tener un plan B. También permite seguir contrastando jugadores y preguntarnos si nuestra primera opción realmente sigue siendo la mejor a medida que aparece nueva información.
Y el trabajo no debería terminar cuando el jugador firma. Me parece muy útil volver después a los informes, a los partidos observados y a las razones que llevaron a recomendarlo. Quizás identificamos correctamente al jugador, pero no el rol que iba a tener. Quizás proyectamos una característica que finalmente no se trasladó al nuevo nivel competitivo. También puede ocurrir que el contexto cambie: otro entrenador, otra posición, menos minutos de los previstos o una estructura de juego diferente. Intento no evaluar el scouting solamente desde si un fichaje terminó funcionando o no, porque así también podemos terminar sacando conclusiones equivocadas sobre nuestro propio trabajo.
Cuando hablamos de jugadores infravalorados, tampoco creo demasiado en esa imagen del scout descubriendo a un futbolista que nadie más conoce. Puede ocurrir, especialmente en mercados con menor cobertura, pero hoy hay muchas más herramientas, datos y partidos disponibles. Es bastante probable que si nosotros estamos siguiendo a un jugador interesante, otros clubes también tengan información sobre él.
Entonces empiezan otras preguntas. ¿Por qué pensamos que ese jugador puede rendir en nuestro equipo? ¿Qué estamos viendo en su contexto actual? ¿Qué características creemos que se pueden trasladar? ¿Qué limitaciones encontramos? ¿Cuántos partidos necesitamos para sostener esa evaluación? ¿Y qué riesgo estamos dispuestos a aceptar?
Cuando trabajo scouting no necesito que todos los indicadores sean positivos ni encontrar un jugador sin debilidades. Lo que necesito es entender bien qué jugador estoy recomendando, para qué contexto lo estoy recomendando y hasta dónde llega la evidencia que tengo para hacerlo.
Porque al final el mercado puede estar equivocado con un jugador, pero nosotros también.



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