Cuando el Mundial deja de ser el fin

El Mundial nunca necesitó inversores privados para convertirse en el evento deportivo más importante del planeta. Por eso cuesta creer que la FIFA quiera presentar la venta de parte de sus derechos comerciales como una medida para desarrollar el fútbol. En realidad, esta propuesta revela algo mucho más profundo que una operación financiera: revela que para Gianni Infantino el Mundial ya no parece ser un patrimonio que proteger, sino un activo que seguir rentabilizando.

Cuesta creerlo porque este no es un hecho aislado. Es la continuación de una forma de gobernar que lleva años avanzando en la misma dirección. Primero llegaron los Mundiales con más selecciones. Después un Mundial de Clubes cada vez más grande. Un calendario internacional cada vez más exigente para los futbolistas. Incluso espectáculos propios de otras industrias del entretenimiento comenzaron a formar parte de la final del Mundial. Ahora el siguiente paso consiste en incorporar fondos de inversión al negocio más valioso que tiene la FIFA.

La preocupación no radica únicamente en la operación financiera, sino en la forma en que la FIFA ha intentado defenderla. Sostiene que el proyecto permitirá recaudar más recursos para desarrollar el fútbol mundial. Sin embargo, el principal argumento para conseguir apoyos no ha sido un proyecto deportivo, una mejora en la gobernanza o una propuesta que fortalezca las competiciones. Ha sido ofrecer 20 millones de dólares de financiación extraordinaria e inmediata a cada una de las 211 federaciones que respalden la iniciativa, además de garantizarles mayores ingresos en los próximos años. Cada uno sacará sus propias conclusiones, pero cuesta recordar una reforma de semejante magnitud cuyo principal argumento haya sido un incentivo económico.

No sorprende que la reacción haya sido prácticamente unánime. UEFA, FIFPRO, la AFC, la Concacaf, federaciones nacionales, clubes, entrenadores e incluso representantes políticos han cuestionado el procedimiento, la falta de transparencia y los posibles conflictos de interés que genera esta propuesta. Cuando instituciones que habitualmente defienden intereses distintos coinciden en que se ha cruzado una línea, lo responsable es preguntarse por qué.

Los fondos de inversión no compran historia, identidad ni cultura deportiva. Compran expectativas de rentabilidad. Y quien invierte miles de millones no esperará simplemente observar cómo rueda un balón. Esperará crecimiento. Más partidos, más competiciones, más ventanas comerciales y mayores ingresos. El riesgo no es que el fútbol genere dinero; eso siempre lo ha hecho. El riesgo es que las decisiones deportivas comiencen a responder cada vez más a las expectativas del capital que a las necesidades del propio deporte.

La UEFA tiene hoy una responsabilidad que trasciende a Europa. No porque deba imponer su voluntad al resto del mundo, sino porque probablemente sea la única organización con el peso suficiente para exigir transparencia y poner límites cuando considera que el rumbo del fútbol se está desviando. Si este modelo termina imponiéndose sin un debate profundo, el precedente será mucho más importante que la propia operación financiera.

La FIFA administra el fútbol, no es su propietaria. El problema no es que el Mundial genere dinero. El problema empieza cuando quienes lo dirigen dejan de preguntarse qué necesita el fútbol y solo se preguntan cuánto más dinero pueden sacarle. Ese día, el Mundial deja de ser el fin y pasa a ser simplemente un negocio.

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