
Hace algunas semanas, Swansea City anunció oficialmente su alianza estratégica con Jamestown Analytics para fortalecer su proceso de reclutamiento. La noticia pasó relativamente desapercibida, pero para quienes trabajamos en scouting e inteligencia deportiva dice mucho más de lo que parece. No es simplemente otro club incorporando una empresa especializada en análisis de rendimiento. Es la confirmación de que la forma de construir plantillas está cambiando y de que algunos clubes ya no tienen problemas en mostrar públicamente cómo toman decisiones.
Swansea se incorpora a una lista de clubes que ya habían hecho pública su relación con Jamestown Analytics, entre ellos Brighton & Hove Albion, Union Saint-Gilloise, Como 1907, Heart of Midlothian, Melbourne Victory, Shelbourne FC, Grimsby Town, FC Nürnberg y Djurgårdens IF. No son los únicos clubes que trabajan con Jamestown, pero sí los que, hasta ahora, han decidido hacerlo público. Existen otras colaboraciones que continúan desarrollándose de manera confidencial, algo completamente lógico cuando la principal ventaja competitiva de una organización está en su metodología, en sus procesos y en la calidad de sus decisiones.
Existe una idea bastante extendida sobre empresas como Jamestown Analytics. Mucha gente imagina una enorme base de datos que ordena jugadores y desde donde aparecen los futuros fichajes. La realidad es bastante menos espectacular, pero mucho más interesante. El mayor error es creer que la diferencia está en los datos. Hoy prácticamente todos los clubes profesionales tienen acceso a información de enorme calidad. Wyscout, Hudl StatsBomb, SkillCorner, Opta y muchas otras compañías ofrecen una cantidad inmensa de datos. Si el dato fuera suficiente, la mayoría de los clubes acertaría en el mercado. Evidentemente no ocurre. La diferencia aparece cuando llega el momento de interpretar esa información, contextualizarla y convertirla en una decisión deportiva.
Una base de datos puede decir que un mediocampista completó sesenta pases durante un partido. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿esos sesenta pases ayudaron a que su equipo jugara mejor? ¿Cuántos rompieron líneas? ¿Cuántos progresaron el juego? ¿Cuántos fueron ejecutados bajo presión? ¿Cuántas veces eligió la mejor solución? El volumen rara vez explica el rendimiento por sí solo. Lo que realmente importa es el valor que cada acción aporta al juego.
Lo mismo ocurre cuando se comparan futbolistas de contextos completamente distintos. Un delantero puede marcar veinte goles jugando para el equipo más dominante de su liga y otro anotar doce en un conjunto que apenas supera el cuarenta por ciento de posesión. El primero probablemente reciba más ocasiones, juegue rodeado de mejores compañeros y pase mucho menos tiempo defendiendo. El segundo quizá tenga que construir casi todas sus oportunidades. Compararlos únicamente por goles sería un análisis superficial. Por eso la inteligencia deportiva dedica tanto esfuerzo a contextualizar el rendimiento: el nivel de la competición, el modelo de juego, la calidad de los rivales, la edad, los minutos disputados, el estado del marcador o la función táctica terminan siendo variables tan importantes como la propia estadística.
En mi opinión, uno de los mayores cambios que ha vivido el reclutamiento moderno ha sido dejar de buscar posiciones para empezar a buscar funciones. Durante mucho tiempo los clubes salían al mercado diciendo que necesitaban un lateral izquierdo, un volante central o un delantero. Hoy la pregunta debería ser diferente. ¿Qué necesita realmente el equipo? ¿Un lateral profundo que llegue constantemente a línea de fondo o uno que se cierre por dentro para iniciar el juego como un mediocampista más? ¿Un delantero que viva dentro del área o uno capaz de bajar entre líneas, asociarse y generar espacios para los extremos? Dos futbolistas pueden compartir posición y, al mismo tiempo, no servir para la misma idea de juego.
En un mercado donde existen decenas de miles de futbolistas profesionales, el problema nunca ha sido encontrar jugadores. El verdadero desafío siempre ha sido descartar correctamente. Ahí es donde un departamento de inteligencia deportiva marca diferencias. No se trata de descubrir un nombre desconocido antes que el resto. Se trata de reducir un universo enorme de opciones hasta llegar a un grupo muy pequeño de futbolistas que realmente encajen en las necesidades deportivas, económicas y estratégicas del club.
Por eso nunca me convenció la discusión entre datos y scouting. Los mejores departamentos del mundo no trabajan eligiendo entre una cosa y la otra. Las integran. Los datos ayudan a reducir el mercado y detectar oportunidades. El video explica cómo se producen esos números. El scouting aporta aquello que ninguna base de datos puede medir con precisión: la personalidad competitiva, el lenguaje corporal, la capacidad de liderazgo, la adaptación a diferentes contextos o la respuesta de un jugador cuando el partido deja de desarrollarse según lo previsto. La decisión final aparece cuando todas esas capas empiezan a dialogar entre sí.
Esa es, probablemente, la mayor enseñanza que deja observar el trabajo de organizaciones como Jamestown Analytics. Su ventaja no parece estar en una métrica secreta ni en un algoritmo capaz de garantizar fichajes exitosos. La fortaleza está en construir un proceso consistente. En el fútbol nunca existirá un modelo que elimine completamente el error. Lo que sí puede existir es una metodología que aumente la probabilidad de acertar y reduzca la de equivocarse. Esa diferencia, sostenida durante varios mercados de pases, termina cambiando el futuro deportivo y económico de un club.
Y justamente ahí aparece una conversación que, a mi juicio, el fútbol todavía tiene pendiente. La inteligencia deportiva no incomoda porque reemplace al scout o al director deportivo. Incomoda porque obliga a justificar las decisiones. Cuando un club desarrolla procesos sólidos, ya no basta con decir que un jugador gusta, que un representante lo recomendó o que alguien lo conoce desde hace años. Cada incorporación debería responder a una necesidad concreta, a un perfil previamente definido y a una explicación futbolística coherente. Los procesos bien construidos fortalecen el trabajo de una dirección deportiva. También hacen mucho más difícil sostener decisiones que no resisten un análisis serio.
Este será el punto de partida de una serie de columnas que quiero desarrollar durante las próximas semanas. Compartiré cómo construyo indicadores para evaluar futbolistas, cómo diseño modelos de evaluación para distintas posiciones, por qué un dashboard tiene muy poco valor si detrás no existe una metodología clara y mostraré parte del trabajo que desarrollé durante los últimos años en inteligencia deportiva y data analytics dentro del fútbol profesional. También quiero abrir un debate del que se habla muy poco: por qué algunos directores deportivos impulsan este tipo de estructuras y por qué otros prefieren mantenerlas lejos de la toma de decisiones cuando empiezan a cuestionar determinados fichajes, determinadas relaciones o formas tradicionales de trabajar.
Creo que la inteligencia deportiva no debe entenderse como una moda ni como una colección de métricas. Es una forma de pensar. Una manera de reducir la incertidumbre, de construir procesos más sólidos y de tomar mejores decisiones. Ese será el hilo conductor de esta serie y también uno de los pilares del curso Claves Básicas para el Análisis de Datos en el Fútbol, donde el objetivo nunca ha sido enseñar estadísticas aisladas, sino explicar cómo se construye un proceso de inteligencia deportiva capaz de generar ventajas reales dentro de un club.



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