
Cuando una selección cambia de entrenador, casi siempre existe una explicación evidente. Hay equipos que necesitan iniciar un recambio generacional, otros buscan recuperar una identidad perdida y algunos simplemente intentan volver a ser competitivos después de un ciclo decepcionante. Francia no encaja en ninguno de esos escenarios. La salida de Didier Deschamps no responde a una crisis deportiva ni a un equipo que haya dejado de competir. Después de catorce años en el cargo, entrega una selección que alcanzó cinco semifinales en sus últimos seis grandes torneos, levantó el Mundial de 2018, disputó la final de Catar 2022 y volvió a competir entre las mejores en este Mundial. Más que una reconstrucción, Zidane recibe una selección consolidada, con una base competitiva muy difícil de mejorar.

Ese contexto cambia completamente la naturaleza de su trabajo. No llega para construir una identidad porque Francia ya la tiene; tampoco necesita acelerar un recambio porque buena parte de la plantilla todavía está entrando en su mejor edad competitiva. William Saliba y Dayot Upamecano forman una de las mejores parejas de centrales del fútbol internacional; Kylian Mbappé sigue siendo el futbolista alrededor del cual gira el ataque y, por detrás, aparecen perfiles tan distintos como Michael Olise, Désiré Doué, Bradley Barcola, Ousmane Dembélé o Rayan Cherki. Son pocos los seleccionadores que reciben una plantilla con semejante profundidad y con tantas variantes para resolver partidos de diferentes maneras.
Por esa razón me sorprendería que Zidane llegara intentando cambiar el sistema únicamente para dejar su sello. Durante el último año y medio, Deschamps encontró en el 4-2-3-1 una estructura que dio equilibrio al equipo y permitió potenciar a varios de sus futbolistas más determinantes. La ubicación de Michael Olise como mediapunta terminó siendo uno de los grandes aciertos de esta última etapa. Recibiendo entre líneas, con libertad para girar y conectar con los extremos, el jugador del Bayern encontró un contexto ideal para influir en el juego sin tener que partir constantemente desde la banda. Al mismo tiempo, Mbappé pudo concentrarse cada vez más en atacar el área y la espalda de la defensa, reduciendo la necesidad de bajar continuamente a iniciar las jugadas.

Curiosamente, esa estructura tampoco debería resultarle extraña a Zidane. La Francia que alcanzó la final del Mundial de 2006 también se organizaba a partir de un 4-2-3-1 donde él ocupaba la mediapunta, con Thierry Henry como referencia ofensiva, Franck Ribéry y Florent Malouda abiertos y el doble pivote formado por Patrick Vieira y Claude Makélélé. Evidentemente los futbolistas son diferentes y el juego ha evolucionado muchísimo desde entonces, pero la distribución de los espacios y el equilibrio que ofrece ese sistema siguen respondiendo a una lógica que Zidane conoce perfectamente.
Eso no significa que Francia vaya a ser exactamente igual. Si existe un lugar donde el nuevo seleccionador puede dejar una huella propia, probablemente esté en la gestión de los perfiles ofensivos más que en el dibujo. Olise interpreta como pocos el juego entre líneas; Dembélé continúa siendo uno de los extremos más desequilibrantes del mundo; Barcola ofrece profundidad constante; Doué combina creatividad con una capacidad física extraordinaria y Cherki representa un talento mucho más asociativo, capaz de acelerar o pausar un ataque con un solo toque. Más que elegir un sistema diferente, el verdadero desafío consistirá en encontrar qué combinación funciona mejor según el rival y el contexto competitivo.
También será interesante observar cómo administra la competencia interna. Durante la etapa de Deschamps existieron jerarquías muy marcadas incluso cuando algunos rendimientos invitaban a abrir el debate. Zidane hereda un grupo con suficiente profundidad como para aumentar la exigencia prácticamente en todas las posiciones, especialmente en el lateral izquierdo y en determinadas funciones del mediocampo. En el fútbol de selecciones, donde apenas existen entrenamientos, muchas veces las diferencias aparecen más por la elección de los perfiles adecuados que por introducir mecanismos completamente nuevos.
Su primera etapa en el Real Madrid dejó una enseñanza que probablemente vuelva a cobrar valor ahora. Aquel equipo no cambió de forma radical cuando Zidane reemplazó a Rafael Benítez. La estructura permaneció prácticamente intacta; lo que cambió fue la manera de potenciar a los futbolistas, de distribuir responsabilidades y de gestionar un vestuario lleno de figuras. Con una selección sucede algo parecido. Hay muy poco tiempo para entrenar y demasiado talento como para reinventarlo todo.

Por eso el mayor desafío de Zidane no será construir una nueva Francia. Será identificar dónde todavía existe margen para mejorar una selección que ya compite por todos los títulos. Encontrar ese pequeño salto colectivo sin perder las virtudes que la han convertido durante la última década en una de las grandes potencias del fútbol mundial. En el alto rendimiento, ese último paso suele ser el más difícil de dar. Y también el que termina separando a los campeones de los equipos que marcan una época.


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