Alemania no necesita copiar a España. Necesita volver a ser Alemania.

España acaba de conquistar el Mundial y, como ocurre cada vez que aparece un campeón, ya comenzaron las comparaciones. Muchos sostienen que Alemania debe mirar a España y seguir el mismo camino. Yo creo exactamente lo contrario. Si hay una lección que deja este Mundial es que España ganó porque nunca dejó de creer en su propia identidad. Alemania, en cambio, lleva varios años alejándose de la suya.

El próximo seleccionador tendrá un gran desafío. Pero el futuro del fútbol alemán también dependerá del tipo de futbolista que vuelva a formar.

El problema no empieza en la selección absoluta ni se solucionará cambiando de entrenador. Empieza mucho antes, en la formación. Tengo la sensación de que el fútbol alemán está produciendo un tipo de jugador diferente al que durante décadas convirtió al país en una de las grandes potencias mundiales. Hoy se trabaja muchísimo la estructura, la ocupación de espacios, la salida desde atrás y la comprensión del juego. Todo eso es necesario. El problema aparece cuando esas virtudes empiezan a desplazar otras que siempre definieron al futbolista alemán: la agresividad competitiva, el gusto por el duelo, la personalidad para asumir responsabilidades y la mentalidad para competir bajo presión. Esa fortaleza no aparecía por casualidad. También se entrenaba y también se exigía.

Podríamos hablar prácticamente de todas las posiciones, desde el arquero hasta el delantero, pero para no alargarme quiero detenerme solamente en algunos ejemplos. Cuando observo muchos extremos jóvenes alemanes veo futbolistas bien preparados para interpretar un sistema, pero cada vez menos jugadores que quieran encarar constantemente, desafiar al lateral o decidir un partido desde el uno contra uno. El regate parece haberse convertido en el último recurso, cuando históricamente fue una de las herramientas más valiosas para romper defensas organizadas. Lo mismo ocurre con los delanteros. Alemania siempre produjo atacantes que imponían respeto dentro del área, capaces de jugar de espaldas, atacar un centro o ganar un duelo aéreo. Hoy encuentro perfiles mucho más asociativos, pero menos dominantes en aquello que define a un delantero centro. Y con los centrales sucede algo parecido. Da la impresión de que muchas veces se valora más su capacidad para salir jugando que su capacidad para defender. Yo valoro ambas, pero nunca en ese orden. Un central no está para completar noventa pases. Está para defender.

Hay otro aspecto que me preocupa. Durante décadas, cuando uno pensaba en Alemania, pensaba en una selección que jamás se rendía. Incluso perdiendo, transmitía la sensación de que volvería al partido. Las tandas de penales eran casi una extensión de esa identidad. No era magia ni suerte; era una cultura competitiva construida durante años. Hoy esa imagen ya no es tan evidente y eso también forma parte de la formación de un futbolista. La mentalidad no aparece por generación espontánea cuando un jugador llega a la selección. También se educa desde las categorías inferiores.

Quizás en los próximos días escriba sobre Italia, porque creo que allí comienza a abrirse un debate parecido. Modernizarse nunca debería significar perder la propia identidad. España acaba de demostrar que los grandes proyectos nacen de profundizar una idea, no de copiar la del vecino. Alemania no necesita producir futbolistas españoles. Necesita volver a producir futbolistas alemanes. Porque cuando Alemania conquistó el mundo, nunca lo hizo intentando parecerse a otro. Siempre lo hizo siendo Alemania.

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