Durante buena parte de sus catorce años al frente de la selección francesa, Didier Deschamps convivió con una etiqueta que parecía imposible de quitarse. Francia ganaba, competía y llegaba siempre a las últimas instancias de los grandes torneos, pero una parte importante del análisis terminaba en el mismo lugar: una generación repleta de talento jugaba un fútbol demasiado conservador. Ni siquiera el título obtenido en Rusia 2018 alcanzó para cerrar ese debate.

Sin embargo, esa etiqueta siempre simplificó demasiado su trabajo. Deschamps nunca fue un entrenador obsesionado con defender. Fue un entrenador obsesionado con controlar los partidos. Y controlar un partido no siempre significa hacerlo de la misma manera.
Cuando anunció que dejaría el cargo al término de este Mundial para dar paso, salvo una sorpresa de último momento, a Zinedine Zidane, parecía lógico imaginar que recorrería sus últimos partidos aferrado a la fórmula que tantas veces lo llevó al éxito. Después de todo, hablamos de un entrenador campeón del mundo como capitán en 1998, campeón como seleccionador en 2018, subcampeón en 2022 y nuevamente instalado entre los cuatro mejores del planeta. Muy pocos técnicos, en cualquier época, habrían sentido la necesidad de cambiar.
Deschamps sí la sintió.
La Eurocopa de 2024 marcó probablemente el punto más bajo de su ciclo desde el punto de vista ofensivo. Francia convirtió apenas cuatro goles en cinco partidos y volvió a quedar instalada la sensación de que el equipo producía menos de lo que sugería el talento de su plantel. Lo más sencillo habría sido defender aquella idea y atribuir las dificultades al contexto propio de un torneo corto. En lugar de eso, decidió modificar una parte importante de su propuesta.
El dibujo siguió siendo el 4-2-3-1, pero la interpretación cambió por completo. Michael Olise, acostumbrado a jugar como extremo en el Bayern Múnich, pasó a ocupar la mediapunta, una posición desde la que conecta permanentemente con el doble pivote y acelera los ataques entre líneas. Ese movimiento liberó todavía más a Mbappé, Dembélé y Doué, permitiéndoles convivir en un mismo sistema con mucha mayor libertad para atacar. Francia ya no intenta controlar los partidos únicamente desde la organización posicional. También busca hacerlo instalándose cerca del área rival y obligando al adversario a defender durante largos tramos del encuentro.

Los números ayudan a entender esa evolución. En este Mundial, Francia promedia 2,67 goles por partido, genera 2,19 goles esperados por encuentro y supera los 18 remates de media. Son cifras claramente superiores a las de los últimos grandes torneos y reflejan una selección mucho más agresiva con balón.
Lo realmente interesante es que esa transformación ofensiva no alteró la esencia competitiva del equipo. Francia apenas ha recibido dos goles en seis partidos y continúa siendo una de las defensas más sólidas del campeonato. Deschamps no sustituyó el equilibrio por el ataque. Encontró una forma distinta de mantener ese equilibrio.

Tampoco se trata de una copia del Paris Saint-Germain de Luis Enrique, como algunos han sugerido. Francia utiliza otra estructura y otros mecanismos. Lo que Deschamps parece haber tomado del campeón de Europa es una idea mucho más profunda: los atacantes también deben defender. Mbappé, Dembélé, Doué y Olise ofrecen desequilibrio cerca del área rival, pero también participan activamente en la presión tras pérdida, cierran líneas de pase y permiten sostener una intensidad colectiva que hace posible jugar con cuatro futbolistas de perfil ofensivo sin perder solidez.

Esa capacidad para evolucionar explica buena parte de la vigencia de Deschamps. Francia atravesó el retiro de referentes como Lloris, Varane, Giroud o Griezmann, incorporó una nueva generación encabezada por Olise, Doué, Zaïre-Emery o Koné y nunca dejó de competir por el título. En el fútbol de selecciones, donde el tiempo de entrenamiento es mínimo y las decisiones deben acelerar los procesos de adaptación, esa gestión suele ser mucho más determinante que cualquier innovación táctica.
Ahora aparece España, probablemente el rival más exigente que Francia encontrará en este Mundial. Será una semifinal que pondrá a prueba esta nueva versión de los Bleus antes de que Deschamps cierre una de las etapas más exitosas que ha conocido el fútbol de selecciones.

El resultado todavía está por escribirse. Lo que ya parece claro es otra cosa. Didier Deschamps será recordado por los títulos y por haber convertido a Francia en una presencia permanente entre las mejores selecciones del mundo. Pero quizás su mayor virtud haya sido entender que el éxito también exige evolucionar. No cambió su identidad. Cambió la forma de expresarla. Encontró una manera distinta de seguir siendo Deschamps.


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