Murat Yakin y la Suiza que dejó de pedir permiso

Si hace cinco años alguien hubiera dicho que Murat Yakin dirigiría a Suiza en unos cuartos de final de un Mundial frente a la vigente campeona del mundo, probablemente pocos lo habrían tomado en serio. Su nombramiento en 2021 estuvo lejos de generar entusiasmo. Para muchos fue una solución circunstancial tras la salida de Vladimir Petkovic, el entrenador que había conducido a la selección a una de las victorias más importantes de su historia reciente al eliminar a Francia en la Eurocopa. La federación suiza atravesó una búsqueda compleja y Yakin terminó apareciendo cuando varias alternativas ya se habían caído. Su llegada fue interpretada como una apuesta de corto plazo, no como el inicio de un proyecto capaz de consolidar a Suiza entre las selecciones más competitivas del mundo.

Cinco años después, aquella percepción cambió por completo. Hoy Murat Yakin está a un partido de firmar el mayor logro del fútbol suizo moderno. Después de clasificar al Mundial de Qatar 2022, alcanzar los octavos de final, eliminar a Italia en la Eurocopa 2024 y volver a instalar a Suiza entre las ocho mejores selecciones de una Copa del Mundo, el entrenador de 51 años dejó de ser aquel técnico discutido que muchos imaginaban de paso para transformarse en el principal responsable de una selección que compite con una naturalidad que hace apenas dos décadas parecía impensada.

Murat Yakin asumió Suiza en 2021 rodeado de dudas. Cinco años después está a un partido de convertirse en el entrenador más importante de la historia de la selección suiza.

Lo interesante es que este crecimiento no responde a una generación extraordinaria de futbolistas. Suiza continúa teniendo menos jerarquía individual que la mayoría de las grandes potencias europeas y sudamericanas. Tampoco dispone de la profundidad de plantel de Argentina, Francia o España. Lo que cambió fue la construcción de una identidad colectiva muy reconocible.

Yakin entendió rápidamente cuáles eran las fortalezas y las limitaciones de su selección. En lugar de intentar copiar modelos ajenos, decidió potenciar aquello que mejor podía hacer. Construyó un equipo disciplinado, flexible y capaz de adaptarse a distintos escenarios sin perder su esencia. Puede asumir el protagonismo cuando el rival le entrega la pelota, pero también sabe replegarse durante largos pasajes y esperar el momento adecuado para atacar. Esa capacidad para cambiar el contexto del partido sin alterar su estructura explica buena parte del crecimiento competitivo de Suiza.

Su trayectoria tampoco anticipaba este presente. Antes de asumir la selección alternó etapas exitosas con otras mucho más discretas en clubes como Basilea, Sion, Luzern, Grasshopper o Schaffhausen. Nunca terminó de consolidarse como uno de los grandes entrenadores europeos y, de hecho, durante su ciclo al frente de Suiza convivió varias veces con rumores sobre una posible destitución. El descenso en la Nations League durante 2024 volvió a instalar el debate sobre su continuidad y las críticas reaparecieron con fuerza.

Sin embargo, cada vez que la presión aumentó apareció el mismo respaldo: los resultados.

Suiza alcanzó los octavos de final en Qatar, eliminó a Italia en la Eurocopa antes de caer por penales frente a Inglaterra y ahora vuelve a encontrarse entre las ocho mejores selecciones del mundo. El recorrido no siempre fue brillante desde el juego, pero sí extraordinariamente competitivo. Y, en selecciones nacionales, donde el tiempo de trabajo es mucho más reducido que en un club, competir de manera consistente suele ser una de las mayores virtudes que puede ofrecer un entrenador.

Hay otro aspecto que me parece especialmente interesante en la figura de Yakin. No transmite la imagen del técnico obsesivo que vive permanentemente consumido por el trabajo ni construye un discurso grandilocuente alrededor del fútbol. Su perfil es mucho más relajado de lo que normalmente asociamos a un seleccionador de élite. Sin embargo, basta observar algunos de sus partidos para comprobar el enorme nivel de preparación que existe detrás de cada plan de juego.

Le gusta sorprender. Lo hizo durante la Eurocopa 2024 cuando alineó desde el inicio a Michel Aebischer y Kwadwo Duah frente a Hungría. Ambos terminaron marcando en la victoria por 3-1. Lo ha vuelto a hacer durante este Mundial modificando alturas, intercambiando posiciones y adaptando el sistema según el rival. Días después de aquel partido resumió su manera de entender el fútbol con una frase que explica bastante bien su filosofía: “Un partido se gana mucho antes del pitazo inicial. Mi trabajo es llegar un paso antes que el rival.”

Esa idea atraviesa prácticamente todo el proyecto de Suiza. Yakin modifica sistemas, cambia funciones y no tiene inconvenientes en dejar nombres importantes en el banco si considera que otro futbolista puede interpretar mejor un partido concreto. No dirige desde el dogma. Dirige desde el contexto.

Reducirlo a un entrenador defensivo sería quedarse únicamente con una parte de la historia. Es cierto que Suiza destaca por su solidez sin la pelota, pero también disfruta tener la posesión, circula con paciencia y rara vez acelera una jugada sin haber creado antes una ventaja posicional. No busca monopolizar el balón como España ni vivir exclusivamente de las transiciones. Su objetivo pasa por controlar los ritmos del partido y decidir cuándo acelerar y cuándo volver a empezar.

Frente a Argentina volverá a enfrentarse al desafío más exigente de su ciclo. La vigente campeona del mundo dispone de una jerarquía individual superior y de futbolistas capaces de romper cualquier estructura mediante una acción aislada. Suiza sabe que no puede competir desde ese terreno. Tampoco lo intentará.

Si algo ha demostrado Murat Yakin durante estos cinco años es que nunca prepara un partido intentando parecerse al rival. Primero entiende qué puede hacer su equipo y, a partir de ahí, construye el plan. Esa lógica explica buena parte del crecimiento de Suiza y también por qué hoy vuelve a encontrarse entre las mejores selecciones del Mundial.

Cómo juega la Suiza de Murat Yakin

El 4-2-3-1 ha sido la estructura más utilizada por Murat Yakin durante el Mundial 2026. Aunque modifica algunas alturas y funciones según el rival, la base del equipo se ha mantenido prácticamente inalterable durante todo el torneo.

Hablar del sistema de Suiza únicamente desde un dibujo sería simplificar demasiado el trabajo de Murat Yakin. Sobre el papel aparece un 4-2-3-1, aunque durante los partidos esa estructura cambia constantemente. En salida de balón Xhaka suele retrasar su posición para formar una línea de tres, Widmer abandona la banda para ocupar carriles interiores y los extremos permanecen muy abiertos para fijar a los laterales rivales. Cuando el equipo pierde la posesión, todo vuelve rápidamente a un 4-4-2 compacto. Los sistemas cambian, pero los principios permanecen.

Lo primero que llama la atención al revisar los partidos de Suiza es que no juega con ansiedad. En un fútbol donde muchas selecciones buscan atacar cada recuperación a máxima velocidad, el equipo de Yakin hace exactamente lo contrario. Tiene paciencia. No siente la obligación de acelerar cada posesión ni interpreta la circulación como una pérdida de tiempo. Mueve la pelota hasta encontrar el momento adecuado para avanzar.

Todo ese funcionamiento gira alrededor de Granit Xhaka.

Granit Xhaka es el organizador absoluto de Suiza. Desde la base del mediocampo marca el ritmo de cada posesión, rompe líneas con sus pases y decide cuándo el equipo acelera o vuelve a empezar.

Decir que Xhaka es el cerebro de Suiza probablemente ya no sorprenda a nadie. Lo verdaderamente interesante es observar cómo Yakin construyó todo el funcionamiento colectivo alrededor de sus características. No intenta esconder sus limitaciones físicas ni pedirle recorridos imposibles. Hace exactamente lo contrario: organiza el equipo para que el capitán reciba siempre de frente, con tiempo para pensar y varias líneas de pase disponibles.

Cuando Xhaka puede levantar la cabeza, Suiza empieza a controlar el partido.

No porque dé cincuenta pases por encuentro. Lo hace porque decide dónde se juega. Cambia constantemente la orientación del ataque, encuentra a los extremos cuando quedan aislados frente al lateral y rompe líneas con mucha naturalidad. Hay mediocampistas que participan mucho en el juego. Xhaka, en cambio, condiciona el comportamiento de los otros veinte futbolistas que están sobre la cancha.

Argentina seguramente intentará impedir precisamente eso. Más que quitarle la pelota, buscará quitarle tiempo.

Pero Xhaka no podría jugar de esa manera sin Remo Freuler.

Freuler aporta el equilibrio del sistema. Es el complemento perfecto de Xhaka y uno de los responsables de que Suiza mantenga su estructura incluso cuando ataca con muchos futbolistas.

Freuler representa exactamente aquello que muchas veces pasa desapercibido cuando se analiza un mediocampo. No necesita acumular intervenciones espectaculares para ser decisivo. Su importancia aparece en todo aquello que evita que suceda. Corrige desajustes, cubre los espacios que deja Xhaka cuando baja a iniciar el juego y llega a tiempo para cerrar transiciones antes de que se conviertan en problemas.

Es el tipo de futbolista que rara vez recibe elogios después de un partido, pero cuya ausencia modifica completamente el funcionamiento colectivo.

Entre ambos construyen una de las parejas de mediocampistas más equilibradas del torneo. Mientras Xhaka organiza, Freuler sostiene. Mientras uno acelera el juego, el otro garantiza que el equipo no pierda el orden. Esa complementariedad explica buena parte de la estabilidad que muestra Suiza incluso cuando ataca con muchos hombres.

Breel Embolo suele ser presentado como el centrodelantero del equipo, aunque su influencia va mucho más allá del área. Constantemente baja a recibir de espaldas, arrastra centrales y genera espacios para los movimientos de los extremos y del mediapunta. Muchas veces ni siquiera participa en la jugada decisiva, pero es él quien provoca el primer desajuste defensivo.

Los extremos, especialmente Dan Ndoye y Rubén Vargas, viven precisamente de esos espacios. Ambos buscan recibir abiertos para atacar el uno contra uno, mientras Widmer ocupa posiciones interiores y Ricardo Rodríguez mantiene la amplitud por el sector izquierdo. Es una distribución muy trabajada que persigue un objetivo claro: aislar a los extremos frente al lateral rival y obligarlo a defender sin ayudas cercanas.

Otro aspecto interesante aparece en la salida de balón. Manuel Akanji no es únicamente el mejor defensor de Suiza. También es uno de los principales generadores del primer pase. Cuando el rival no salta a presionarlo, conduce varios metros con la pelota hasta atraer a un mediocampista contrario. Ese pequeño movimiento modifica toda la estructura defensiva rival y libera espacios para que Xhaka o Freuler reciban entre líneas. Parece un detalle menor, pero explica por qué Suiza consigue progresar incluso frente a equipos que intentan bloquear su salida desde atrás.

Johan Manzambi ha sido una de las grandes revelaciones del Mundial. Su movilidad entre líneas, velocidad y capacidad para atacar espacios lo transformaron en el futbolista más desequilibrante del ataque suizo.

La gran irrupción del torneo ha sido Johan Manzambi. Llegó al Mundial sin el cartel de figura y terminó convirtiéndose en el futbolista que más alteró el comportamiento ofensivo de Suiza. Actuando por detrás de Embolo encontró una libertad que aprovechó con inteligencia. No espera la pelota; la va a buscar. Recibe entre líneas, aparece por los costados, acelera conduciendo y ataca la espalda de los mediocampistas rivales con una naturalidad poco habitual para un jugador de apenas veinte años.

Su posible ausencia frente a Argentina puede modificar bastante el plan de Yakin. No solo por los goles o las asistencias. También porque perdería al futbolista capaz de romper una estructura defensiva mediante una acción individual, algo especialmente valioso frente a un rival que acostumbra defender muy bien de manera organizada.

Al observar a Suiza durante este Mundial hay un detalle que termina sobresaliendo por encima de todos los demás. Ningún movimiento parece aislado. Los descensos de Embolo liberan espacios para Manzambi. Los movimientos interiores de Widmer crean situaciones favorables para Ndoye. La paciencia de Xhaka permite que Freuler encuentre el momento adecuado para incorporarse al ataque. Todo responde a una misma lógica colectiva.

Y probablemente ahí aparezca la mayor virtud de Murat Yakin.

Más allá de los sistemas o de los nombres propios, consiguió que todos sus futbolistas entendieran exactamente qué espacio deben ocupar y por qué deben ocuparlo. En un torneo tan corto como un Mundial, donde el tiempo de entrenamiento es mínimo, esa comprensión colectiva suele marcar diferencias mucho mayores que cualquier ajuste táctico puntual.

Cómo defiende Suiza y dónde puede hacer daño Argentina

Los números reflejan bastante bien la identidad del equipo de Murat Yakin. Suiza combina una posesión superior al 57 %, una alta precisión de pases y una estructura colectiva que le ha permitido competir con regularidad durante todo el Mundial.

Si con la pelota Suiza transmite paciencia, sin ella ocurre exactamente lo mismo. No es un equipo impulsivo ni pretende recuperar el balón a cualquier precio. Murat Yakin ha construido una selección que entiende muy bien cuándo conviene presionar y cuándo el partido exige simplemente esperar.

La mayor parte del tiempo defiende desde un bloque medio. No acostumbra a perseguir la salida rival porque entiende que, frente a futbolistas técnicamente superiores, ese tipo de presión suele abrir más espacios de los que termina recuperando. Su prioridad pasa por otra parte: proteger el carril central, mantener distancias cortas entre líneas y obligar al rival a jugar hacia los costados.

Cuando pierde la posesión, el mediapunta acompaña rápidamente a Embolo y el equipo vuelve a un 4-4-2 muy compacto. Los extremos retroceden hasta la altura de los laterales, Xhaka y Freuler cierran los espacios interiores y la línea defensiva permanece siempre muy conectada con el mediocampo. Es una estructura sencilla, pero extraordinariamente trabajada.

Revisando sus partidos durante este Mundial hay un detalle que me llamó especialmente la atención. Suiza rara vez pierde la paciencia cuando el rival consigue instalar posesiones largas cerca de su área. No salta desesperadamente a presionar ni rompe la estructura por intentar recuperar antes de tiempo. Espera. Acorta espacios. Obliga al rival a mover la pelota una y otra vez hasta encontrar un hueco que muchas veces nunca aparece.

Eso explica por qué ha sido una de las selecciones más sólidas del torneo.

Pero tampoco estamos hablando de una defensa perfecta.

La pareja formada por Manuel Akanji y Nico Elvedi transmite muchísima seguridad. Se conocen desde hace años, dominan el juego aéreo y suelen defender muy bien los duelos directos. Akanji, además, añade una salida de balón que muy pocos centrales poseen. Sin embargo, cuando el primer pase consigue superar a Xhaka y Freuler, aparecen algunas dudas. Los centrales deben decidir si salir sobre el receptor o proteger la profundidad, y ese instante puede abrir espacios para futbolistas capaces de girar rápidamente entre líneas.

También existe otro sector donde Argentina probablemente intentará insistir. Ricardo Rodríguez continúa siendo un futbolista con enorme experiencia y calidad para iniciar el juego, pero ya no posee la velocidad de otras temporadas. Cuando debe defender muchos metros hacia atrás aparecen algunas dificultades. Colombia encontró precisamente por ese sector una de las ocasiones más claras de toda la eliminatoria, aunque Gregor Kobel terminó resolviendo la acción con una intervención extraordinaria.

Y ahí aparece uno de los grandes interrogantes del partido.

Hasta ahora Suiza ha conseguido defender la mayor parte del Mundial desde un bloque medio. Argentina, sin embargo, tiene la capacidad de instalar posesiones muy largas cerca del área rival. Si eso ocurre durante demasiados minutos, el equipo de Yakin probablemente terminará defendiendo mucho más cerca de Kobel de lo que realmente desea. Y cuanto más se hunda el bloque, más recorrido tendrán que hacer Embolo, Ndoye o Vargas para amenazar las transiciones.

Ese contexto favorece claramente a Argentina.

Pero el equipo de Scaloni tampoco puede relajarse.

Hay una situación que, desde mi punto de vista, debería intentar evitar durante todo el encuentro: perder la pelota por dentro con demasiados futbolistas proyectados en ataque. Suiza quizá no ataque tantas veces como otras selecciones, pero cuando encuentra espacios suele hacerlo con enorme determinación. Ndoye, Vargas y Embolo atacan muy bien la profundidad, mientras que Manzambi, si finalmente llega al partido, añade una conducción que rompe estructuras con mucha facilidad. No necesitan generar diez ocasiones para convertir. Les basta una transición bien ejecutada.

Más allá de las cuestiones tácticas, existe una diferencia evidente entre ambos equipos. Argentina posee una jerarquía individual superior prácticamente en todas las líneas. Tiene futbolistas capaces de resolver un partido mediante una acción aislada y eso siempre modifica cualquier análisis previo. Sin embargo, los Mundiales rara vez se deciden únicamente por el talento. Muchas veces terminan inclinándose hacia el equipo que consigue jugar durante más tiempo el partido que imaginó su entrenador.

Y ahí es donde vuelve a aparecer Murat Yakin.

Cuando asumió la selección en 2021 heredó un equipo competitivo, pero también una enorme desconfianza alrededor de su figura. Durante años convivió con críticas, cambios de opinión y cuestionamientos permanentes. Sin embargo, nunca intentó responder modificando su forma de trabajar. Siguió construyendo una selección reconocible, flexible y cada vez más preparada para competir frente a rivales superiores.

Quizá esa sea la mayor transformación de esta Suiza.

Durante mucho tiempo fue una selección incómoda, disciplinada y difícil de derrotar. Hoy sigue teniendo todas esas virtudes, pero además sabe exactamente qué partido quiere jugar. Y esa diferencia no suele aparecer por generación espontánea. Es el resultado de un entrenador que entendió antes que nadie cuáles eran las fortalezas reales de su equipo y construyó un modelo alrededor de ellas, en lugar de intentar copiar el de las grandes potencias.

Frente a Argentina tendrá el examen más complejo de todo su ciclo. Probablemente también el más importante. Una victoria lo instalaría, sin demasiada discusión, como el entrenador más exitoso de la historia de la selección suiza. Pero incluso si el recorrido termina aquí, este Mundial ya confirmó algo que hace algunos años parecía difícil de imaginar: Murat Yakin consiguió construir una selección reconocible, flexible y capaz de competir de igual a igual frente a cualquiera.

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