¿Quién será el próximo presidente que llame a Infantino?

La FIFA acaba de crearse un problema enorme. Y lo peor es que era completamente evitable.

Si la roja de Balogun estaba mal cobrada, perfecto. Se discute. Igual que se discutió la acción de Messi contra Argelia. Igual que tantas otras durante este Mundial.

Pero una cosa es discutir una expulsión.

Otra muy distinta es cambiar una suspensión en mitad del torneo.

Y más todavía cuando Donald Trump reconoce públicamente que habló con Gianni Infantino.

Da lo mismo si esa llamada cambió algo o no. Desde ese momento, la decisión quedó bajo sospecha.

Y eso es responsabilidad de la FIFA.

Hay algo que no me puedo sacar de la cabeza.

¿Habría pasado exactamente lo mismo si el expulsado hubiera sido un jugador de Egipto? ¿De Cabo Verde? ¿De Bosnia y Herzegovina?

Yo no me lo creo.

Y estoy seguro de que mucha gente tampoco.

Ese es el problema que deja esta decisión. No Balogun.

El precedente.

Porque la próxima vez que una selección importante reciba una roja discutible, hará exactamente lo mismo. Intentará mover todas las piezas posibles para que la sanción se revise.

¿Y con qué argumento la FIFA le va a decir que no?

Ella misma acaba de demostrar que una suspensión ya no siempre es una suspensión.

Después nos preguntamos por qué tanta gente desconfía del VAR, de los arbitrajes o de las decisiones disciplinarias.

No hace falta buscar demasiado.

Cuando las reglas empiezan a parecer negociables, el fútbol pierde algo que cuesta muchísimo recuperar: la confianza.

Y eso vale mucho más que un partido de octavos de final.

Porque Balogun jugará hoy.

La duda sobre esta decisión, en cambio, va a durar mucho más.

Y cada vez que haya una expulsión importante volverá la misma pregunta.

¿Quién será el próximo presidente que llame a Infantino?

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