Durante años se habló de Estados Unidos como el gigante dormido del fútbol. Hoy tengo la sensación de que, por fin, está empezando a despertar.

No quiero mufarlo, sobre todo porque todavía tiene que jugar contra Bosnia. Pero, si soy sincero, hasta ahora me ha parecido uno de los equipos que mejor ha jugado en este Mundial. Y creo que eso tampoco es casualidad.
Cuando uno mira dónde están jugando sus futbolistas, la cantidad que llega a Europa y la edad con la que lo hacen, es evidente que algo cambió. Ya no aparece un jugador cada cierto tiempo. Ahora hay una generación detrás de otra. Y eso rara vez es casualidad.
En ese cambio, para mí hay una persona que fue muy importante: Jurgen Klinsmann. Empujó durante años la idea de que el futbolista estadounidense tenía que salir, competir y medirse en Europa. Hoy vemos cada vez más jugadores en las grandes ligas y creo que esa mentalidad tuvo mucho que ver. Pero esa historia merece una columna aparte, porque el legado de Klinsmann va mucho más allá de los resultados que consiguió con la selección.
También hay que mirar lo que pasó fuera de la cancha. El Mundial de 1994 fue el inicio de muchas cosas. Nació la MLS, se profesionalizaron estructuras y el fútbol empezó a ganar espacio en un país donde durante décadas vivió a la sombra del fútbol americano, el béisbol y el básquetbol.
Ahora el Mundial de 2026 puede volver a cambiar el panorama. No porque Estados Unidos tenga que salir campeón. Simplemente porque un Mundial siempre deja algo. Despierta interés, hace que más niños quieran jugar, atrae inversión y termina empujando procesos que ya venían creciendo.
Y eso se nota. Basta caminar por muchas ciudades para darse cuenta de que el fútbol ya forma parte del día a día. Hay más academias, más niños jugando y mucha más gente siguiendo este deporte que hace diez o quince años.
Y hay otro punto que para mí es clave. Estados Unidos tiene dinero, infraestructura, tecnología y una capacidad enorme para desarrollar industrias deportivas. Si todo eso sigue apuntando al fútbol, es difícil pensar que este crecimiento se va a detener.
Europa sigue siendo el centro del fútbol mundial y Sudamérica sigue formando una cantidad impresionante de talento. Eso no va a cambiar de un día para otro. Pero tampoco creo que puedan seguir mirando a Estados Unidos como lo hacían hace veinte años.
Puede que me equivoque. Pero tengo la sensación de que, dentro de algunos años, ya nadie va a discutir si Estados Unidos es una potencia del fútbol. La discusión va a ser cuándo se convirtió en una.


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