
Alemania volvió a fracasar. Y ya no sirve esconderlo detrás de los penales, del árbitro o de una mala tarde. Son tres Mundiales seguidos yéndose demasiado pronto.
Contra Paraguay se terminó de caer lo que ya venía mal desde antes. Ante Ecuador ya se había visto un equipo confundido, sin ritmo, sin una idea clara. Con la pelota, pero sin hacer daño. Frente a Paraguay fue más o menos lo mismo. Alemania atacó mucho, pero casi siempre mal. Más por obligación que por convencimiento.
Nagelsmann tiene responsabilidad. No encontró el equipo. Apostó por Neuer, mantuvo a Kimmich lejos del mediocampo cuando el equipo más lo necesitaba ahí y nunca logró que Wirtz, Musiala y Havertz jugaran como realmente pueden jugar.
Pero tampoco se puede mirar solo al entrenador. Alemania ya no tiene la profundidad que tienen Francia, España o Inglaterra. Cada lesión pesa, cada error se nota y cada decisión mal tomada termina pasando la cuenta.
Lo que más duele es verla así. Porque Alemania puede perder. Siempre pudo perder. Pero incluso perdiendo, uno sabía qué equipo estaba viendo. Había carácter, orden, intensidad y una forma muy clara de competir. Hoy me cuesta reconocerla.
Vi caer a Alemania frente a Bulgaria en 1994. También contra Croacia en 1998. Viví Rusia 2018 y Qatar 2022 pensando que el fútbol alemán iba a reaccionar. Hoy ya no tengo esa seguridad.
No me duele solo quedar eliminado. Duele sentarse a ver a Alemania y no encontrar nada de la Alemania que admiré durante tantos años. Esa selección que siempre parecía encontrar una respuesta, que nunca daba la sensación de estar perdida. De ahí nació una frase que durante décadas acompañó al fútbol mundial: nunca des por muerta a Alemania. Hoy, por primera vez, esa frase ya no parece tan cierta.
No queda nada de aquella Alemania. Y esto no se arregla solo cambiando un entrenador. Alemania tendrá que volver a construirse desde las bases, desde la formación y desde la identidad. Porque el problema empezó mucho antes de este Mundial.


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