
La eliminación de Turquía deja una sensación rara. Porque viendo los partidos, nunca pareció un equipo claramente inferior a Australia o Paraguay. De hecho, por momentos fue todo lo contrario.
Tuvo la pelota, acumuló pases y remates, pero casi siempre lejos de donde realmente se ganan los partidos. Los 62 disparos entre ambos encuentros dicen poco si gran parte de ellos fueron forzados, apresurados o desde posiciones poco favorables.
Y creo que ahí estuvo el problema. Después de cada gol recibido, Turquía empezó a jugar con demasiada prisa. Quiso empatar cada ataque en lugar de construirlo. Hubo posesión, pero cada vez menos claridad. Mucho centro, mucho remate desde fuera y poca capacidad para mover al rival hasta encontrar ventajas reales.
Montella tampoco encontró soluciones. Australia y Paraguay defendieron muy abajo y muy juntos. Turquía tuvo la iniciativa, pero nunca encontró la forma de romper esos bloques de manera constante.
Al final, más que una eliminación por falta de juego, fue una eliminación por ansiedad. Turquía quiso resolver los partidos antes de entenderlos. Y cuando eso pasa en un Mundial, normalmente el castigo llega rápido.


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